La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Catalina entró en su habitación de joven: muchas lágrimas había allí para ella en los recuerdos que evocaba aquel pequeño aposento, donde había pasado por los dulces sueños de la infancia, por las ardientes pasiones de la juventud, y adonde volvía ahora con el corazón lacerado de la viuda.
En aquel momento, por lo demás, Catalina recobró en la casa, toda en desorden, la autoridad que su padre le concedió un día en detrimento de la madre.
El padre Clouis, debidamente recompensado, tomó el camino de su guarida, como llamaba a su choza.
Al día siguiente se presentó en la granja el doctor Raynal.
Iba cada dos días, por un sentimiento de conciencia más bien que de esperanza, pues sabía muy bien que nada era posible hacer, ni se podía intentar ningún esfuerzo para salvar aquella vida.
Se alegró mucho de ver a la joven, y abordó la gran cuestión que no hubiera osado tratar con Billot: la de los sacramentos.
No era porque el doctor Raynal fuese un devoto ejemplar; pero sabía que Billot era un volteriano furioso.
Por otra parte, si la época estaba todavía en la duda, la ciencia había llegado a la negación.
Sin embargo, el doctor Raynal, en circunstancias análogas a la en que se encontraba, consideraba como un deber advertir a los parientes.