La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Después marchó a Haramont para avisar a su teniente, al subteniente y a sus treinta y un hombres de la guardia nacional, que el entierro de la señora Billot se efectuaría al otro día a las once de la mañana.
La comunicación de Pitou a sus hombres fue oficiosa y no oficial, y se redujo a una invitación para asistir al entierro, y no a una orden.
Pero se sabía demasiado lo que Billot había hecho por aquella revolución que inflamaba todos los corazones, y no se ignoraba el peligro en que aún se hallaba Billot en el lecho del dolor por haber defendido la santa causa. Suficiente era esto para que se considerase la invitación de Pitou como una orden, y toda la guardia nacional de Haramont prometió a su jefe estar al día siguiente, a las once en punto, en la casa mortuoria.
Por la noche Pitou había vuelto a la granja, y en la puerta encontró al carpintero que llevaba el ataúd al hombro.
Pitou tenía instintivamente todas las delicadezas del corazón, que tan rara vez se hallan en los campesinos y hasta en la gente de mundo; hizo ocultar al carpintero y al ataúd en la cuadra, y para evitar a Catalina el aspecto fúnebre de la caja y después el ruido terrible del martillo, fue solo a la habitación.
Catalina oraba al pie del lecho de su madre; por los buenos servicios de dos mujeres se había lavado el cadáver y estaba ya en el sudario.