La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Su observación era que seguramente no venía nadie, y sus reflexiones que sin duda no vendría ninguno tampoco.
Se le había hablado de la visita del abate Fortier, y de la negativa de este sobre administrar los sacramentos a la señora Billot.
Pitou conocía bien al sacerdote y lo adivinó todo: el abate Fortier no quería prestar el concurso de su santo ministerio para el entierro de la señora Billot, y el pretexto, y no la causa, era la falta de confesión.
Estas reflexiones, comunicadas por Pitou al señor de Longpré, y por este a los asistentes, produjeron una dolorosa impresión.
Todos se miraron en silencio, y una voz dijo.
—Y bien, ¿qué? Si el abate Fortier no quiere decir la misa, prescindiremos de ella.
Quien decía esto era Desiré Maniquet, conocido por sus opiniones antirreligiosas.
Hubo un instante de silencio.
Era evidente que a todos les parecía muy atrevido prescindir de la misma.
Y sin embargo, se estaba en plena escuela de Voltaire y de Rousseau.
—Señores —dijo el alcalde—, vamos a Villers-Cotterêts y allí se explicará todo.