La Condesa de Charny
La Condesa de Charny DONDE EL ABATE FORTIER VE QUE NO ES SIEMPRE
TAN FÁCIL COMO SE CREE CUMPLIR LA PALABRA DADA
El cortejo avanzaba silencioso, formando una larga línea en el camino, cuando de pronto, los que cerraban la marcha oyeron tras sí un grito de llamada.
Todos se volvieron.
Un jinete corría a galope tendido, viniendo de la parte de Ivors, es decir, por el camino de París.
Una parte de su rostro estaba cubierta por dos vendas negras, llevaba el sombrero en la mano y hacía señas para que le esperasen.
Pitou se volvió como los otros.
—¡Toma —exclamó—, es el señor Billot!… ¡Bueno, yo no quisiera estar en la piel del abate Fortier!
Al oír el nombre de Billot todos se detuvieron.
El jinete avanzaba rápidamente, y a medida que se acercaba, todos, así como antes Pitou, reconocían al labrador.
Llegado a la cabeza del cortejo, Billot saltó de su caballo, echándole la brida sobre el cuello, y después de haber dicho con voz bien acentuada, para que todos oyesen: «Buenos días y gracias, ciudadanos», ocupó detrás del ataúd el lugar de Pitou, que en su ausencia presidía el duelo.
