La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La multitud se agolpaba en la iglesia de los Franciscanos: campesinos, propietarios, artesanos, mandaderos, blancos, rojos, tricolores, todos gritaban que era necesario que en el instante mismo, sin tardanza alguna, el ayuntamiento les diese cuentas, por conducto de su secretario el señor Lescuyer.
¿Por qué la cólera popular caía sobre él? No se sabe. Pero cuando se debe arrancar violentamente la vida a un hombre, hay fatalidades de esas. De repente entran con Lescuyer en el templo. Trataba de refugiarse en la municipalidad cuando fue reconocido; y no le detuvieron, sino que le empujaron a puñadas, a puntapiés y a palos hasta la iglesia.
Llegado a ella, el infeliz, pálido, aunque tranquilo, subió al púlpito para justificarse.
Era cosa bien fácil; tan sólo debía decir: «Abrid el Monte de Piedad al pueblo, y verá que se hallan allí los objetos que se nos acusa de haber sustraído». Pero comenzó:
—Hermanos míos, he creído que la Revolución era necesaria, y he contribuido a ella cuanto he podido…
Pero no le dejaron ir más adelante, temiendo que se justificara.
El terrible murmullo empezó a mugir, impetuoso como el mistral.