La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Un cargador subió al púlpito y arrojó al infeliz a la jauría.
Entonces resonó un grito de alegría.
Y Lescuyer fue arrastrado hasta el altar.
Allí debía degollarse al revolucionario, para que su sacrificio fuese agradable a la virgen.
En el coro logró desasirse de sus asesinos y se refugió en uno de los sitiales.
Una mano caritativa le dio con qué escribir.
Necesario era que escribiese lo que no le habían dejado tiempo para decir.
Un socorro inesperado le concedía un momento de tregua.
Un caballero bretón, que se hallaba allí de paso para Marsella, entró casualmente en la iglesia, se compadeció de la víctima, y con el valor y la pertinacia de un buen bretón se empeñó en salvarle. Dos o tres veces había desviado ya los palos y los cuchillos dirigidos contra el pobre hombre, exclamando: «¡Señores, en nombre de la ley! ¡Señores, en nombre del honor! ¡Señores, en nombre de la humanidad!».
Pero entonces los palos y los puñales se volvían contra él, sin que por eso dejase de escudar con su cuerpo a Lescuyer, exclamando: «¡Señores, en nombre de la humanidad!».