La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Por último, el pueblo se cansó de verse privado tanto tiempo de su presa, cogió al caballero y se lo llevó para ahorcarle.

Pero tres hombres lo libertaron, gritando:

—Acabemos antes con Lescuyer, que a este siempre lo encontraremos.

El pueblo comprendió la exactitud de este razonamiento y soltó al bretón.

Le obligaron a escapar.

Lescuyer no tuvo tiempo de escribir, y aunque lo hubiese tenido no habrían leído su billete, pues el tumulto era demasiado ruidoso.

Pero a pesar de este tumulto, Lescuyer divisó tras el altar una puertecilla de escape, y si llegaba hasta ella, tal vez podría salvarse.

Lanzóse hacia allí en el momento en que se le creía anonadado de terror.

Los asesinos se hallaban desprevenidos; Lescuyer iba a conseguir su objeto, cuando al pie mismo del altar, un tafetanero[46] le asestó en la cabeza un bastonazo tan terrible que el arma quedó rota.

Lescuyer cayó aturdido como un buey al recibir la mazada.

Este rodó hasta el pie del altar.


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