La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Las mujeres entonces, para castigar al que había pronunciado la blasfemia revolucionaria de «¡Viva la libertad!», le cortaron los labios en festones; los hombres bailaron sobre su vientre y lo molieron a pedradas como a San Esteban.
Con sus labios ensangrentados, Lescuyer gritaba:
—¡Por piedad, hermanos míos! ¡En nombre de la humanidad, hermanas mías, matadme!
Pero era pedir demasiado, y se le condenó a sufrir su agonía.
Esta le duró hasta la noche. El desdichado saboreó la muerte.
He aquí las noticias que llegaron a la Asamblea legislativa, como contestación al filantrópico discurso de Fauchet.
Verdad es que dos días después llegó otra noticia. Duprat y Jourdan habían sido advertidos de lo que pasaba.
Pero ¿dónde hallarían su gente dispersa? A Duprat le ocurrió la idea de tocar, por vía de llamada, la famosa campana de plata, que sonaba sólo en dos ocasiones: en la consagración y muerte de los papas.
Su tañido, raro y misterioso, se hacía oír raras veces. En esta ocasión produjo dos efectos contrarios.
Llenó de espanto el corazón de los papistas y reanimó el valor de los revolucionarios.