La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Al oír el toque de rebato, dado por aquella campana singular, las gentes del campo salieron de la ciudad y se dirigieron precipitadamente cada cual a su morada.

Jourdan reunió, por medio de la extraña generala, unos trescientos de sus soldados.

Ocupó las puertas de la ciudad, dejando en ellas ciento cincuenta hombres.

Con los otros restantes se encaminó a la iglesia de los Franciscanos.

Llevaba dos cañones; los apuntó a la multitud e hizo fuego.

Luego entró en la iglesia.

El templo estaba desierto; Lescuyer yacía al pie del altar de la virgen que hacía tantos milagros, y que esta vez no se dignó extender su mano divina para salvar al desdichado.

Habríase dicho que no podía morir; aquel sangriento despojo era una pura llaga, pero estaba fuertemente adherido a la vida.

Fue llevado así por las calles; todas las puertas, todas las ventanas se cerraban con estrépito a su paso, y todos gritaban al cerrarlas:

—¡Yo no estaba en los Franciscanos!

El terror era tal, que Jourdan y sus ciento cincuenta hombres podían hacer cuanto quisiesen de Aviñón y sus treinta mil habitantes.


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