La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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«Yo pregunto a la Asamblea —exclamó Isnard—, a la Francia, al mundo y a vos —designando al interruptor—, pregunto si hay alguno que de buena fe y en conciencia se atreva a sostener que los príncipes emigrados no conspiran contra la patria, y que todo hombre que conspira no debe ser en el acto acusado, perseguido y castigado. Si hay alguno, que se levante. Se dice que la indulgencia es el deber de la fuerza, y que ciertas potencias están desarmándose; y yo digo que es preciso vigilar, que el despotismo y la aristocracia no han muerto ni están dormidos, y que si las naciones llegan a aletargarse un instante, se despiertan después encadenadas. De todos los crímenes, el menos perdonable es el que tiene por objeto conducir al hombre a la esclavitud; si el fuego del cielo estuviese al arbitrio de los mortales, sería necesario hacerle caer sobre los que atentan a la libertad de los pueblos».

Esta era la primera vez que se oían palabras semejantes; esa elocuencia salvaje arrastró a todos como la avalancha que baja de los Alpes arrastra árboles, ganados, pastores y edificios.

En la misma sesión quedó decretado:

«Que si Luis Estanislao Javier, príncipe francés, no volvía en el término de dos meses, abdicaba su derecho a la regencia».

Después, el 8 de noviembre:


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