La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Con esa seguridad he debido insistir.
—En efecto, señor, y yo he rehusado, no obstante mis deseos de serviros.
—Y ¿por qué rehusáis?
—Señor, porque la situación es grave, y acabo de derribar al señor de Narbona y de comprometer a de Lessart; todo hombre que cree valer algo, tiene derecho a no admitir empleo alguno, o a pedir que se le emplee según su valor. Señor, o yo valgo alguna cosa, o no valgo nada; en este último caso, deseo que se me deje en mi oscuridad; si valgo alguna cosa, no me hagáis ministro por veinticuatro horas, ni me deis una autoridad momentánea; dadme algo en qué apoyarme, para que vos podáis apoyaros en mÃ. Nuestros negocios —perdonad, señor, Vuestra Majestad ve que yo hago mÃos sus asuntos— nuestros negocios no son suficientemente considerados en los paÃses extranjeros, y las cortes no querrán tratar con un ministro interino; esa interinidad, perdonad aún mi franqueza —nadie era menos franco que Dumouriez, pero en ciertas circunstancias le interesaba parecerlo—, esa interinidad serÃa una falta contra la cual clamarÃa la Asamblea, y al mismo tiempo me despopularizarÃa con ella; diré más, eso comprometerÃa al rey, manifestando que echa de menos a su antiguo ministro y que busca la ocasión de reemplazarle.
—Si tal fuera mi intención, ¿creéis que eso me serÃa imposible?