La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor, lo que creo es que ya ha llegado el tiempo de que Vuestra Majestad rompa con lo pasado.
—SÃ, y me hago Jacobino, ¿no es verdad? Habéis dicho eso a Laporte.
—A fe mÃa que si Vuestra Majestad hiciera eso, confundirÃa mucho a todos los partidos, y a los Jacobinos tal vez más que a nadie.
—Y ¿por qué no me aconsejáis que me ponga el gorro colorado sin perder momento?
—Señor, si eso fuera un medio… —dijo Dumouriez.
—Si asà lo queréis, esto equivale a no ser ministro interino.
—Señor, yo no quiero nada: estoy dispuesto a recibir las órdenes de Vuestra Majestad; pero preferirÃa que estas tuviesen por objeto enviarme a la frontera más bien que detenerme en ParÃs.
—¿Y si yo os diese orden de quedaros en ParÃs, y de que tomaseis definitivamente la cartera de Negocios extranjeros, qué dirÃais?
Dumouriez se sonrió.
—DirÃa, señor, que Vuestra Majestad no tiene ya las prevenciones que otros le han inspirado contra mÃ.
—No las tengo. Señor Dumouriez, sois ya ministro.