La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cuando la tapicerÃa acababa de bajar, abrÃase la puerta de nuevo.
—Señor —exclamó Dumouriez— a propuesta de Vergniaud, el decreto sobre los sacerdotes se acaba de aprobar.
—¡Oh! —exclamó el rey levantándose— es una conspiración. Y ¿cómo está concebido el decreto?
—Hele aquÃ, señor: Duranthon os le traÃa, y he pensado que Vuestra Majestad me harÃa el honor de manifestar particularmente cuál es su parecer, antes de hablar en el consejo.
—Tenéis razón; dadme ese papel.
Y con voz temblorosa por la agitación, el rey leyó el decreto cuyo texto hemos dado.
Cuando hubo concluido, estrujó el papel entre sus manos y le arrojó lejos de sÃ.
—¡Yo no sancionaré jamás semejante decreto! —exclamó.
—Dispensad, señor —dijo Dumouriez—, que por segunda vez sea de opinión contraria a la de Vuestra Majestad.
—¡Caballero —repuso el rey—, yo puedo vacilar en materia de polÃtica, pero nunca en materia religiosa! En la primera, juzgo con mi pensamiento, y puedo engañarme; en la segunda juzgo con mi conciencia, y esta es infalible.
