La Condesa de Charny

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Capítulo CXXXV

Cuando la tapicería acababa de bajar, abríase la puerta de nuevo.

—Señor —exclamó Dumouriez— a propuesta de Vergniaud, el decreto sobre los sacerdotes se acaba de aprobar.

—¡Oh! —exclamó el rey levantándose— es una conspiración. Y ¿cómo está concebido el decreto?

—Hele aquí, señor: Duranthon os le traía, y he pensado que Vuestra Majestad me haría el honor de manifestar particularmente cuál es su parecer, antes de hablar en el consejo.

—Tenéis razón; dadme ese papel.

Y con voz temblorosa por la agitación, el rey leyó el decreto cuyo texto hemos dado.

Cuando hubo concluido, estrujó el papel entre sus manos y le arrojó lejos de sí.

—¡Yo no sancionaré jamás semejante decreto! —exclamó.

—Dispensad, señor —dijo Dumouriez—, que por segunda vez sea de opinión contraria a la de Vuestra Majestad.

—¡Caballero —repuso el rey—, yo puedo vacilar en materia de política, pero nunca en materia religiosa! En la primera, juzgo con mi pensamiento, y puedo engañarme; en la segunda juzgo con mi conciencia, y esta es infalible.


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