La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor —contestó Dumouriez—, un año hace que habéis sancionado el decreto sobre el juramento de los sacerdotes.
—¡Oh!, caballero —exclamó el rey— entonces firmé por fuerza.
—Señor, entonces era cuando debÃais oponer vuestro veto; el decreto de ahora no es más que una consecuencia de aquel; el primero produjo todos los males de Francia; el segundo tiene por objeto remediarlos; es duro pero no cruel. El primero era una ley religiosa, y atacaba la libertad de pensamiento en materia de culto; el de ahora es una ley polÃtica que no concierne más que a la tranquilidad y seguridad del reino; es la seguridad de los sacerdotes no juramentados contra la persecución. Lejos de salvarlos por vuestro veto, les priváis del socorro de una ley, exponiéndolos a ser asesinados, a la vez que impulsáis a los franceses a convertirse en sus verdugos. Por eso, señor, y dispensad la franqueza de un soldado, mi parecer es que, habiendo cometido la falta de sancionar el decreto sobre el juramento de los sacerdotes, vuestro veto aplicado al que se acaba de aprobar no podrá detener el diluvio de sangre que está a punto de correr; vuestro veto, señor, hará recaer sobre vuestra conciencia todos los crÃmenes que el pueblo cometa.