La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pues veamos el decreto de los sacerdotes.

—En cuanto a este, caballero, ya os he dicho que no le sancionaré jamás.

—Señor, vos mismo os habéis puesto en la necesidad de sancionar el segundo al hacerlo con el primero.

—He cometido la primera falta, y me arrepiento; pero no es una razón para incurrir en la segunda.

—¡Señor, si no sancionáis ese decreto, la segunda falta será mucho más grave que la primera!

—¡Señor! —exclamó la reina.

El rey se volvió hacia María Antonieta.

—Y ¿vos también, señora? —preguntó el rey.

—Señor, debo confesar que en este punto, y atendidas las explicaciones que acaban de darnos, soy del parecer del señor Dumouriez.

—Pues bien, entonces… —dijo el rey.

—¿Entonces, señor?… —repitió Dumouriez.

—Consiento; pero con la condición de que me libraréis cuanto antes de esos tres facciosos.

—Creed, señor —contestó Dumouriez—, que aprovecharé la primera oportunidad, y estoy seguro de que no se hará esperar.

Y saludando al rey y a la reina, Dumouriez se retiró. Los dos siguieron con los ojos al nuevo ministro de la guerra, hasta que la puerta se hubo cerrado.

—Me habéis hecho seña de aceptar —dijo el rey—. ¿Tenéis algo que decirme ahora?


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