La Condesa de Charny
La Condesa de Charny «No creáis, caballero, que se consigue intimidarme con amenazas; mi resolución está tomada».
Dumouriez cogió una pluma y escribió al punto la contestación:
«Señor: mal me juzgáis si me habéis creído capaz de emplear semejante medio. Mis colegas y yo hemos tenido el honor de escribir a Vuestra Majestad para que nos conceda la gracia de recibirnos mañana a las diez de la misma, y entretanto, suplico a Vuestra Majestad que tenga a bien elegirme un sucesor que pueda substituirme dentro de veinticuatro horas, atendida la urgencia de los departamentos de la guerra aceptando mi dimisión».
Dumouriez entregó esta carta a su secretario para que la entregase, a fin de asegurarse de la contestación.
El secretario esperó hasta las doce y media de la noche, y volvió con la siguiente respuesta:
«Veré mañana a mis ministros a las diez, y hablaremos sobre lo que me escribís».
Era evidente que la contrarrevolución se tramaba en el castillo.
En efecto, se tenían fuerzas con las cuales se podía contar:
Una guardia constitucional de seis mil hombres, licenciada ya, pero dispuesta a reunirse al primer llamamiento.