La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Fournier el americano, que a través de las ruedas de un coche hizo fuego contra Lafayette, y cuyo fusil falló. En esta ocasión se propone herir a más alto personaje que al comandante de la guardia nacional, y para que el fusil no le falle, piensa servirse de la espada.
El señor de Beausire, que no ha sabido aprovechar el tiempo en que le dejamos a la sombra para enmendarse, y que ha vuelto a recoger a Oliva de manos de Mirabeau moribundo, como el caballero des Grieux tomaba de nuevo a Manon Lescaut de manos de aquel que, después de haberla sacado un instante del lodo, la dejaba caer otra vez en el fango.
Mouchy, hombrecillo raquítico, cojo, oculto casi bajo una desmesurada faja tricolor, y que había sido concejal, juez de paz… ¡qué sé yo!
Gouchon, el Mirabeau del pueblo, que pareció a Pitou más feo aún que el Mirabeau de la nobleza; Gouchon, que desaparecía en el motín como el demonio desaparece en una comedia de magia para presentarse después y siempre más rencoroso, más terrible, más furibundo, aunque el autor no le necesita sino momentáneamente.
En medio de aquella multitud reunida en torno de las ruinas de la Bastilla, como en otro monte Aventino, pasaba y repasaba un joven delgado, pálido, de cabellos lisos y ojos brillantes, solitario como el águila, que debía tomar más tarde por emblema, sin conocer a nadie y desconocido de todos.