La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Era el teniente de artillería Bonaparte, que se hallaba casualmente con licencia en París, y de quien Cagliostro había hecho a Gilberto tan extraña predicción el primer día que se presentó en los Jacobinos.

¿Quién movía, excitaba y dirigía aquella turba? Un hombre de cuello vigoroso, con melena de león, de voz bronca, y que Santerre debía encontrar en su casa, al volver, esperándole en la trastienda: Danton.

Esta es la hora en que el terrible revolucionario —que sólo es conocido aún por el ruido que ha hecho en la platea del teatro Francés, en las representaciones de Carlos IX, de Chénier, y por su contundente elocuencia en la tribuna de los Franciscanos—, hace su verdadera aparición en la escena política, donde extenderá sus brazos de gigante.

¿De dónde proviene el poder de ese hombre que ha de ser fatal a la monarquía? ¡De la reina misma!

La rencorosa austríaca no ha querido a Lafayette para la alcaldía de París y ha preferido a Pétion, el hombre del viaje de Varennes, el cual, apenas ocupó su destino, se puso en lucha con el rey, dando orden de vigilar las Tullerías.

Pétion tenía dos amigos, que llevaba a su lado cuando fue a tomar posesión de su nuevo cargo: Manuel iba a su derecha, Danton a su izquierda.

Al primero le nombró síndico del ayuntamiento, y al segundo substituto suyo.


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