La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Los gritos redoblaron en aquel momento. Un hombre armado de una pica trató de dar un golpe al rey.
Pero Billot, arrancando el arma de manos del asesino, la rompió sobre su rodilla.
—¡Nada de asesinato! —exclamó—. Tan sólo el hierro de la ley tiene derecho de tocar a ese hombre. Dicen que hubo un rey en Inglaterra cuya cabeza fue cortada por sentencia del pueblo, a quien habÃa hecho traición; tú debes saberlo, Luis, y no lo eches en olvido.
—¡Billot! —murmuró Gilberto.
—¡Oh!, por más que hagáis —dijo Billot moviendo la cabeza—, ese hombre será juzgado y condenado por traidor.
—¡SÃ, traidor! —gritaron cien voces—, ¡traidor, traidor!
Gilberto se colocó entre el rey y el pueblo.
—Nada temáis, señor —dijo—, y sobre todo, tratad de dar satisfacción a estos furiosos con alguna demostración material.
El rey tomó la mano del doctor y la puso sobre su corazón.
—Ya veis que estoy tranquilo —dijo—; esta mañana he recibido los sacramentos; que hagan de mà lo que quieran. En cuanto a la prueba material que me invitáis a dar, mirad. ¿Estáis contento?
Y tomando un gorro frigio de la cabeza de uno de aquellos descamisados, le puso en la suya.