La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La multitud prorrumpió en aplausos, gritando al mismo tiempo:

—¡Viva el rey! ¡Viva la nación!

Un hombre se abrió paso por en medio de la turba, y acercándose al rey, con una botella, le dijo:

—Oye, Veto: si amas al pueblo tanto como dices, pruébaselo bebiendo a su salud.

Y le presentó la botella.

—No bebáis, señor —murmuró madame Isabel—; ese vino estará quizá envenenado.

—Bebed, señor, yo respondo de todo —dijo Gilberto.

El rey tomó la botella.

—¡A la salud del pueblo! —dijo.

Y bebió.

Los gritos de «¡Viva al rey!», resonaron otra vez.

—Ya nada tenéis que temer, señor; permitidme ir a ver a la reina.

—Id —dijo el rey estrechando la mano a Gilberto.

En el momento en que este salía, entraron Isnard y Vergniaud.

Habían dejado la Asamblea y venían a defender al rey con su popularidad, y, si necesario era, a formar con sus cuerpos un escudo.

—¿Dónde está Su Majestad? —preguntaron.


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