La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Santerre volvió la cabeza.

—¡Hola! —exclamó alegremente— el doctor Gilberto.

—Que no ha olvidado aún —dijo este— que sois uno de los que le abrieron las puertas de la Bastilla. Permitidme presentaros a la reina, señor Santerre.

—¿A la reina? ¿Presentarme a la reina? —murmuró el cervecero.

—Sí, a la reina; ¿no queréis?

—¿Por qué no? Iba a presentarme yo mismo; pero puesto que estáis aquí, mucho mejor.

—Conozco al señor Santerre —dijo la reina—, y sé que en los momentos de escasez ha alimentado él solo a la mitad del arrabal de San Antonio.

Santerre se detuvo admirado; luego, fijando una mirada en el delfín, y al ver que el sudor inundaba las mejillas del pobre niño, dirigióse a la gente del pueblo y dijo:

—¡Oh!, quitad el gorro a ese niño; ¿no estáis viendo que sofocado está?

Entonces Santerre, inclinándose hacia María Antonieta y apoyándose en la mesa, la dijo a media voz:

—¡Tenéis amigos bien torpes, señora; yo conozco algunos que os servirían mejor!

Una hora después, aquella turba había desaparecido, y el rey, acompañado de su hermana, entraba en su alcoba, donde le esperaban la reina y sus hijos.


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