La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Al divisarlo, la esposa se arrodilló a sus pies; los hijos estrecharon sus manos y todos se abrazaron como después de un naufragio.
Entonces fue cuando el rey se apercibió de que tenÃa aún puesto el gorro frigio.
—¡Ah! —exclamó—, lo habÃa olvidado.
Y lo arrojó lejos de sà con hastÃo.
Un joven oficial de artillerÃa, de veintidós años apenas, habÃa presenciado toda esta escena apoyado contra un árbol del terrado de la orilla del rÃo; habÃa visto por la ventana los peligros que el rey habÃa corrido, las humillaciones porque habÃa pasado; pero al llegar a lo del gorro frigio, no pudo contenerse:
—¡Oh! —exclamó—, ¡si tuviera yo solamente mil doscientos hombres y dos piezas de artillerÃa, pronto habrÃa librado al pobre rey de esa canalla!
Mas como no tenÃa los mil doscientos hombres ni las dos piezas, y no podÃa soportar más tiempo aquel indigno espectáculo, se retiró.
Aquel oficial era Napoleón Bonaparte.