La Condesa de Charny

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Guadet se había levantado lentamente a medida que el general se acercaba al fin de su discurso; y en medio de los aplausos que le acogían, el acerbo orador de la Gironda extendió la mano en señal de que deseaba contestar. Cuando la Gironda quería lanzar la flecha de la ironía entregaba el arco a Guadet, y este no tenía que hacer más que coger una flecha al acaso en su carcaj.

Apenas el rumor del último aplauso se hubo extinguido, le substituyó su palabra vibrante.

—En el momento de ver al señor Lafayette —exclamó—, me ha ocurrido una idea muy consoladora y me he dicho: «Ya no tenemos enemigos exteriores; los austríacos están vencidos y el señor de Lafayette viene para anunciarnos la noticia de su victoria y de la destrucción de nuestros adversarios». Poco tiempo ha durado la ilusión; nuestros enemigos son siempre los mismos; nuestros peligros exteriores no han cambiado; y no obstante, el señor Lafayette está en París, donde se constituye en defensor de las personas honradas y del ejército. ¿Quiénes son esas personas? ¿Cómo ha podido deliberar ese ejército? Pero ante todo, que nos muestre el señor Lafayette su licencia.

Al oír estas palabras, la Gironda comprende que la discusión tomará para ella un giro favorable; y en efecto, apenas pronunciadas, resuenan estrepitosos aplausos. Un diputado se levanta y dice desde su sitio:


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