La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Señores, no olvidéis a quien habláis; no olvidéis, sobre todo, quién es Lafayette! ¡Tened presente que es el hijo primogénito de la libertad francesa, y que ha sacrificado a la Revolución su fortuna, su nobleza y su vida!
—¡Hola! —grita una voz— dirÃase que hacéis su elogio fúnebre.
—Señores —dijo Ducos—, la libertad de discusión está oprimida por la presencia en este recinto de un general extraño a la Asamblea.
—Y no es eso todo —grita Vergniaud—; este general ha abandonado su puesto ante el enemigo; a él, y no al simple mariscal de campo que ha dejado en su lugar, se confió el cuerpo de ejército que manda; y es preciso saber si ha venido sin licencia, en cuyo caso se le debe arrestar para juzgarle como desertor.
—Es el objeto de mi pregunta —dice Guadet—, y apoyo la proposición de Vergniaud.
—¡Apoyada, apoyada! —grita toda la Gironda.
—¡A la votación nominal! —dice Gensonné.
Esta votación da una mayorÃa de diez sufragios a los amigos de Lafayette.
Asà como el pueblo el 2 de junio, el general se ha excedido o ha hecho demasiado poco, y su victoria es una de aquellas de las cuales se quejaba Pirro, que habÃa perdido la mitad de su ejército: «¡Otra victoria como esta —se decÃa—, y todo concluyó para mÃ!».