La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En efecto, después de haber acompañado hasta su casa a Catalina desesperada; después de saber por boca de la joven, demasiado contrastada para ocultar su dolor, que este se debía a la marcha del señor Isidoro de Charny a París, Pitou, a quien la manifestación de este pesar hería doblemente el corazón, como amante y como amigo, se despidió de Catalina, acostada ya, y de la madre Billot, que lloraba al pie de su lecho. Después, con paso más tardío que el de antes, se había encaminado hacia Haramont.
La lentitud de su marcha, las numerosas veces que se volvió para mirar la granja, de la que se alejaba con el corazón contristado, así por el dolor de Catalina como por el suyo propio, fueron causa de que no llegase a Haramont hasta el amanecer.
Su preocupación hizo que, como Sexto al encontrar a su mujer muerta, fuese a sentarse en su cama, con los ojos fijos y las manos cruzadas sobre las rodillas.
Al fin se levantó, y semejante a un hombre que despierta, no de su sueño, sino de su pensamiento, miró en torno suyo, y vio junto a la hoja de papel escrita de su mano, otra con letra distinta.
Se acercó a la mesa y leyó la carta de Sebastián. Forzoso es decirlo en elogio de Pitou: al punto olvidó sus penas personales, para no pensar sino en los peligros que podía correr su amigo durante el viaje que acababa de emprender.