La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Después, sin pensar en la ventaja que le llevaría el muchacho, por haber marchado la víspera, Pitou, confiando en sus largas piernas, se lanzó en su seguimiento con la esperanza de alcanzarle, si Sebastián, no encontrando medios de transporte, se había visto en la precisión de continuar su viaje a pie.
Por lo demás, sería necesario que Sebastián se detuviera, mientras que él, Pitou, andaría siempre.
El mancebo no se cuidó de bagaje ninguno; se puso un cinturón de cuero como los que tenía costumbre de usar cuando debía de andar mucho, colocó debajo del brazo un pan de cuatro libras, en el que había introducido un salchichón, y con un palo de vieja en la mano, emprendió la marcha.
Con su paso ordinario, Pitou recorría legua y media por hora, y hasta dos, si le aceleraba un poco.
Sin embargo, como necesitaba detenerse para beber, reanudar los cordones de sus zapatos, o informarse acerca del paso de Sebastián, tardó diez horas en llegar desde la extremidad de la calle de Largny a la barrera de la Villette, y después una en ir desde esta a la casa del doctor Gilberto, a causa de la obstrucción de carruajes; así eran las once horas; había salido a las nueve de la mañana y llegaba a las ocho de la noche.