La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero lo que más novedad causó a madame Roland fue que desde mucho tiempo hacía su marido estaba en correspondencia con Barbaroux, y ella acostumbrada a ver llegar las cartas de este con regularidad, llenas de precisión y buen sentido.
No habiéndose ocupado, por otra parte, de preguntar la edad ni el aspecto del grave corresponsal, habíaselo figurado un hombre de cuarenta años, de cráneo despoblado por la meditación y frente arrugada por el estudio.
Necesario le fue modificar el ensueño al ver un hermoso joven de veinticinco años, alegre, decidido, amante de las mujeres; toda la rica generación del 92, que debía ser agostada en el 93, la amaba.
En aquella cabeza que parecía tan frívola, y que madame Roland encontraba demasiado hermosa, fue donde se formuló quizá el primer pensamiento del 10 de agosto.
La atmósfera se cargaba de electricidad; las nubes giraban inciertas de uno a otro punto del cielo Barbaroux las dio dirección y las amontonó sobre los pizarrosos tejados de las Tullerías.
Cuando nadie aún había formado plan alguno, él escribía a Rebecqui: «Envíame quinientos hombres que sepan morir matando».