La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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¡Ah!, el verdadero rey de Francia era ese rey de la revolución a quien fueron enviados quinientos hombres que supiesen morir con la misma sencillez que habían sido pedidos.

Rebecqui mismo los escogió entre el partido francés de Aviñón.

Eran hombres que combatían desde hacía dos años y que aborrecían diez generaciones. Batiéronse en Tolosa, en Nimes, en Arlés; habíanse acostumbrado a la sangre y a la fatiga y se preocupaban poco de ambas cosas.

El día convenido emprendieron un viaje de doscientas veinte leguas, como un simple paseo.

Y ¿por qué no? Eran ásperos marineros, rudos campesinos de fisonomía tostada por el siroco del África o por el mistral del monte Ventoux, de manos ennegrecidas por la brea o encallecidas por la azada y la mancera.

Por todas partes llamábanles bandoleros.

En uno de los altos que hicieron, más arriba de Orgon, recibieron la letra y música del himno de Rouget de l’Isle, que se llamaba Canto del Rhin.

Barbaroux los enviaba como viático, para hacerles el camino menos penoso.

Uno de ellos ahulló la música, pero pronunció las palabras, y todos repitieron en inmensa gritería el himno terrible. Terrible, sí; mucho más terrible de lo que lo había imaginado Rouget mismo.


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