La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Gilberto entró.

—Venid, doctor, venid, me alegro de veros —dijo María Antonieta.

El doctor se estremeció cuando al fijar en ella sus ojos advirtió en toda su persona muestras inequívocas de gozo y satisfacción.

Habría preferido ver a la reina pálida y abatida, en vez de febril y animada, como la encontró.

—Veo, señora —la dijo—, que llego demasiado tarde y en mala ocasión.

—Al contrario, doctor —repuso la reina sonriendo, expresión que su boca casi había olvidado ya—. Llegáis a propósito y sois siempre bien venido; vais a ver una cosa que hace ya mucho tiempo desearía haberos hecho ver, un rey verdaderamente soberano.

—Temo, señora —contestó Gilberto—, que Vuestra Majestad me haga ver, no un rey, sino un comandante de ciudadela.

—Señor Gilberto —replicó la reina—, posible es que no estemos acordes sobre el carácter simbólico de la monarquía, como no lo estamos sobre otras muchas cosas. Para mí un rey no es solamente un hombre que dice: ¡No quiero!, es, sobre todo, el hombre que dice: ¡Yo lo mando!

La reina aludía al famoso veto, que había llevado la cuestión al punto en que se hallaba.


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