La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —En efecto, señora —contestó Gilberto—, y para Vuestra Majestad un rey sobre todo es un hombre que se venga.
—Que se defiende, señor Gilberto, pues ya sabéis que estamos amenazados y deben atacarnos a mano armada. Hay, según nos han asegurado, quinientos marselleses capitaneados por un tal Barbaroux, que ha jurado sobre las ruinas de la Bastilla no volver a Marsella sin haber vivaqueado sobre las ruinas de las TullerÃas.
—He oÃdo, efectivamente decir eso, señora.
—Y ¿no os ha causado risa?
—No, señora; en vez de reÃr, me he asustado.
—¿De modo que venÃs a proponernos que abdiquemos y nos entreguemos a discreción en manos del señor Barbaroux y de sus secuaces?
—¡Ah!, ¡si el rey pudiese, señora, garantizar, por el sacrificio de su corona, su vida, la de Vuestra Majestad y la de sus hijos!…
—Se lo aconsejarÃais, ¿no es verdad, señor doctor?
—Se lo aconsejarÃa, señora, y me echarÃa a sus pies, suplicándole de todo corazón que siguiese mi consejo.
—Permitid, señor Gilberto, que os diga que sois variable en vuestras opiniones.