La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Colocaros en medio de ellos, señora, con el rey y vuestros augustos hijos, salir de las TullerÃas en el momento que menos lo esperen, montar a caballo a dos leguas de aquÃ, y ganar Gaillon y la NormandÃa, donde se os aguardan.
—Es decir, volverme a poner en manos de Lafayette.
—Ese al menos, señora, ha probado su adhesión por Vuestra Majestad.
—No, caballero, no; con mis cinco mil hombres y otros cinco mil que pueden acudir cuando se les llame, prefiero intentar otra cosa.
—Y ¿qué intentará Vuestra Majestad?
—Ahogar de una vez la revolución.
—¡Ah, señora, señora! Razón tenÃa en decirme que estaba pronunciada vuestra sentencia.
—¿Quién?
—Un hombre que no me atrevo a nombrar, pero que os ha hablado ya tres veces.
—¡Silencio! —dijo la reina palideciendo—, ya trataremos de desmentir a ese mal profeta.
—Señora, temo mucho que Vuestra Majestad se equivoque.
—¿Creéis, pues, que se atreverán a atacarnos?
—El espÃritu público es ese al menos.
—Y ¿creen entrar aquà como el veinte de junio?