La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Una semana había transcurrido entre los acontecimientos que acabamos de referir y el día en que vamos a tomar de nuevo la mano del lector para conducirle al palacio de las Tullerías, futuro teatro principal de las grandes catástrofes que han de ocurrir.
¡Oh Tullerías, herencia fatal legada por la reina de San Bartolomé, por la extranjera Catalina de Mediéis a sus descendientes y sucesores! Palacio del vértigo, que atraes para devorar, ¿qué fascinación hay en tu pórtico profundo, dónde se abisman todos esos locos coronados que quieren ser reyes, que no se creen verdaderamente consagrados hasta después de dormir bajo sus techos regicidas, y a quienes arrojas, uno tras otro, a estos cadáveres sin cabeza, y a los demás fugitivos sin corona?
¡Sin duda hay en tus piedras, cinceladas como una joya de Benvenuto Cellini, algún maleficio fatal; sin duda se ha sepultado bajo tu suelo algún talismán terrible! ¡Cuenta los últimos reyes que recibiste, y di lo que has hecho de ellos! De cinco, solamente uno devolviste al panteón donde le esperaban sus antecesores, y de los otros cuatro que la historia te reclama, uno fue entregado al cadalso y los otros tres sufrieron el destierro.
