La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cierto día, una asamblea entera quiso arrostrar el peligro y sustituir a los reyes, sentarse como mandataria del pueblo allí donde antes imperaban los elegidos de la monarquía. Desde aquel momento el vértigo se apoderó de ella; desde aquel momento se aniquiló a sí propia; el cadalso devoró a los unos, el destierro sepultó a los otros, y una extraña fraternidad reunió a Luis XVI con Robespierre, a Collot d’Herbois con Napoleón, a Billaud-Varennes con Carlos X, y a Vadier con Luis Felipe.
¡Oh Tullerías, Tullerías, bien insensato será, pues, aquel que ose franquear tus umbrales y entrar por donde entraron Luis XVI, Napoleón, Carlos X y Luis Felipe, porque; más pronto o más tarde, saldrá por la misma puerta que ellos!
¡Y sin embargo, palacio fúnebre! Cada uno de aquellos entró en tu recinto en medio de las aclamaciones del pueblo, y tu doble balcón los vio, uno tras otro, sonreír a esas aclamaciones, creyendo en los buenos deseos y en los votos de la multitud que las profería. A esto se debe que, apenas sentados bajo el real dosel, cada uno de ellos comenzó a trabajar en su obra, en vez de ocuparse en la del pueblo, hasta que este, echándolo de ver un día, le puso a la puerta como a un arrendador infiel, o le castigó como a un mandatario ingrato.