La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Hombres y mujeres miraban, aplaudían y saludaban, y sobre todo las segundas colocaban a sus niños en las mesetas de las ventanas, y decían a los pequeños inocentes que enviaran besos a la gran dama, elogiando su belleza.
Y los niños repetían: «Sois muy hermosa, señora», mientras que con sus manitas regordetas enviaban besos sin fin.
Todos decían: «La revolución ha concluido; ya está el rey libre de su Versalles, de sus cortesanos y de sus consejeros; el encanto que tenía lejos de su capital a los reyes cautivos en ese mundo de autómatas, de estatuas y de rocas talladas que llaman Versalles, se ha roto al fin. Gracias a Dios, el rey vuelve a estar en la vida y la verdad, es decir, en la naturaleza real del hombre. ¡Venid, señor, venid con nosotros! ¡Hasta este día no habéis reprimido más que la libertad de hacer daño; hoy, en medio de nosotros, tenéis toda la libertad de hacer bien!».