La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No, señora; los suizos morirán en sus puestos.
—Y nosotros en el nuestro; asà como los suizos son soldados al servicio del rey, los reyes son soldados al servicio de la monarquÃa.
Roederer guardó silencio.
—¿Tendré la desgracia de que mi opinión no sea la vuestra? —preguntó la reina.
—Señora —dijo Roederer, yo no tendré opinión sino en el caso en que Vuestra Majestad se digne preguntármela.
—Os la pregunto, señor.
—Voy a decÃrosla, señora, con la franqueza que da el convencimiento. Mi parecer es que el rey está perdido si permanece en las TullerÃas.
—Y ¿adónde iremos si no permanecemos aqu� —exclamó la reina, levantándose asustada.
—A la hora que es, sólo hay un asilo que pueda proteger a la familia real.
—¿Cuál es?
—La Asamblea nacional.
—¿Cómo decÃs, caballero? —preguntó la reina, acompañando su interrogación con la expresión de ojos natural en la persona que no ha comprendido bien.
—La Asamblea nacional —repitió Roederer.
—Y ¿creéis, caballero, que deba pedir yo algo a esa gente?