La Condesa de Charny
La Condesa de Charny ¡El rey, que había prometido morir en su trono, abandonaba su puesto pasándose al enemigo, o por lo menos se entregaba prisionero sin combatir!
Desde aquel momento los guardias nacionales se consideraron como relevados de su juramento, y retiráronse casi todos.
Algunos caballeros les siguieron, juzgando inútil dejarse matar por una causa que se confesaba perdida.
Solamente quedaban los suizos, sombríos y silenciosos, pero esclavos de la disciplina.
Desde lo alto del terrado del pabellón de Flora y por las ventanas de la galería del Louvre, se veía venir la gente de aquellos heroicos arrabales, a la que ningún ejército ha resistido jamás, y que en un día había derribado la Bastilla, aquella fortaleza que tenía los pies arraigados hacía cuatro siglos.
Los sitiadores tenían su plan: pensaban que el rey se hallaba en palacio y proponíanse cercar este, a fin de apoderarse de Luis XVI.
La columna que seguía el muelle de la orilla izquierda recibió, por lo tanto, orden de forzar la verja de la orilla del agua, y la que iba por la calle de San Honorato debía hundir la puerta de los Fuldenses, mientras que la de la orilla derecha, al mando de Westermann, que tenía a sus órdenes a Santerre y a Billot, atacaría de frente.