La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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En el momento en que la puerta de los Fuldenses se hubo cerrado detrás de la reina, y que, mientras estuvo entornada, permitió ver las bayonetas y las picas amenazar a Charny, la reina profirió un grito, extendiendo los brazos; pero empujada hacia la sala por los que la acompañaban, y al mismo tiempo por ese instinto de madre que la hacía pensar en su hijo, entró en la sala de la Asamblea siguiendo al rey.

Allí experimentó indecible alegría cuando vio al delfín sentado en la mesa del presidente; el hombre que le había traído sacudía con aire de triunfo su gorro frigio sobre la cabeza del joven príncipe, gritando alegremente:

—¡He salvado al hijo de mis amos! ¡Viva monseñor el delfín!

Pero una vez seguro su hijo, la reina pensó en Charny.

—Señores —dijo—, uno de mis oficiales, el más valeroso, a la vez que el más fiel de mis servidores, ha quedado en la puerta en peligro de muerte, y os pido auxilio para él.

Cinco o seis diputados se lanzaron al oír esta voz.

El rey, la reina, la familia real y los personajes que les acompañaban, se dirigieron hacia los asientos destinados a los ministros y los ocuparon.


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