La Condesa de Charny

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La Asamblea los había recibido en pie, no por etiqueta debida a las testas coronadas, sino por respeto a la desgracia.

Antes de sentarse, el rey hizo seña de que deseaba hablar.

Todos callaron.

—He venido aquí —dijo—, para evitar un gran crimen, pensando que ya no podía estar seguro sino en medio de vosotros.

—Señor —contestó Vergniaud, que presidía—, podéis contar con la firmeza de la Asamblea nacional; sus individuos han jurado morir, defendiendo los derechos del pueblo y las autoridades constituidas.

El rey tomó asiento.

En aquel instante, un espantoso fuego de fusilería resonó hasta en las puertas del Picadero; la guardia nacional, mezclada con los insurrectos, hacía fuego desde el terrado de los Fuldenses sobre el capitán y los soldados suizos que habían servido de escolta a la familia real.

Un oficial de la guardia nacional, trastornada sin duda la cabeza, entró espantado y no se detuvo hasta llegar a la mesa del presidente:

—¡Los suizos, los suizos —gritó—, estamos cercados!


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