La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Sirvo al rey y no a la Asamblea —contestó—. ¿Dónde está la orden del rey?
Los enviados de la Asamblea no llevaban ninguna por escrito.
—He recibido mi nombramiento del rey —continuó el capitán—, y solamente le entregaré a Su Majestad.
Se le condujo casi por fuerza a la Asamblea.
Estaba ennegrecido por la pólvora y manchado todo de sangre.
—Señor —dijo—, se quiere que deponga las armas. ¿Es la orden del rey?
—Sà —contestó Luis XVI—, devolved vuestras armas a la guardia nacional, pues no quiero que perezcan hombres tan intrépidos como vos.
Durler inclinó la cabeza, exhaló un suspiro y salió; pero en la puerta envió a decir que no obedecerÃa sin una orden por escrito.
Entonces el rey cogió un papel y escribió:
«El rey ordena a los suizos que depongan las armas y se retiren a los cuarteles».
Esto es lo que se gritaba en las cámaras, en los corredores y en las escaleras de las TullerÃas.
Expedida aquella orden, se restableció un poco la tranquilidad, y el presidente agitó su campanilla:
—Deliberemos —dijo.