La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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María Antonieta obedeció; mas al poner el pie en el umbral de la puerta profirió un grito de horror, y con las manos sobre los ojos retrocedió.

La presencia de las huellas de sangre se explicaba: en la tribuna se había depositado un cadáver.

Este cadáver era el que la reina había tocado casi con el pie en su precipitación, lo cual la hizo proferir un grito y retroceder.

—¡Ved —exclamó el rey, con el mismo tono con que había dicho: «Esa es la cabeza del pobre Mandat»—, ved ahí el cadáver de ese pobre Charny!

En efecto; era el cadáver del conde, que los diputados sacaron de manos de los asesinos, y que habían dado orden de colocar en la tribuna de El Logógrafo, no pudiendo suponer que diez minutos después se instalaría allí la familia real, que entró en la tribuna cuando se hubo retirado el cadáver.

Se quiso lavar o, por lo menos, limpiar el suelo, porque estaba cubierto de sangre; pero la reina se opuso y fue la primera en sentarse.

Nadie observó que rompía los cordones de su calzado y ponía los pies temblorosos en contacto con aquella sangre, tibia aún.

—¡Oh, Charny, Charny! —murmuró—. ¿Por qué mi sangre no corre aquí hasta la última gota, para mezclarse con la tuya por toda la eternidad?…

Las tres de la tarde daban en aquel momento.


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