La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Andrea no contestó; hubiérase dicho que era un espectro siguiendo a la que le invocaba.
Al llegar al corredor, la reina acercó su hacha al suelo.
—¡He ahí su sangre! —dijo.
Andrea permaneció muda.
La reina avanzó hasta una especie de gabinete situado frente a la tribuna de El Logógrafo, abrió la puerta de aquel, e iluminando el interior con su hacha, murmuró:
—¡He ahí su cadáver!
Muda siempre, Andrea entró en el gabinete, sentóse en el suelo, y haciendo un esfuerzo colocó la cabeza de Oliverio sobre sus rodillas.
—Gracias, señora —dijo—, esto es todo cuanto tenía que pediros.
—Pero yo —replicó la reina— he de pediros otra cosa.
—Decid.
—¿Me perdonáis?
Siguió una pausa como si Andrea vacilase.
—¡Sí —contestó al fin—, porque mañana reposaré junto a él!
La reina sacó de su seno unas tijeras de oro, que había ocultado como se oculta un puñal, a fin de servirse de ellas contra sí misma en un extremo peligro.