La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Entonces… —dijo, casi suplicante, presentando las tijeras a Andrea.

Esta última las tomó, cortó un rizo de cabellos de la cabeza del cadáver, y después devolvió a la reina las tijeras y el rizo.

María Antonieta cogió la mano de Andrea y la besó.

La condesa profirió un grito, retirando al punto su mano, como si los labios de la reina hubieran sido un hierro candente.

—¡Ah! —murmuró la reina, fijando en el cadáver la última mirada—, ¿quién podrá decir cuál de nosotras dos le amaba más?…

—¡Oh, mi querido Oliverio —murmuró Andrea—, espero que ahora sabrás que yo soy quién más te amaba!

La reina se dirigía ya hacia su habitación, dejando a la condesa en el gabinete con el cadáver de su esposo, en el cual se fijaba un pálido rayo de la luna como una mirada amiga, penetrando por una pequeña ventana.

Pitou acompañó a María Antonieta sin saber quién era, y la vio entrar en su habitación; después, libre de su responsabilidad respecto al centinela, salió al terrado para ver si estaban allí los cuatro hombres pedidos a Desiré Meniquet.

Los cuatro habían llegado ya.


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