La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Venid! —les dijo Pitou.

Cuando estuvieron dentro, el joven capitán, sirviéndose del hacha que había tomado de maños de la reina, los condujo hasta el gabinete donde Andrea, siempre sentada, miraba a la luz de aquel rayo de luna el rostro pálido, pero siempre bello, de su esposo.

El resplandor de la antorcha hizo levantar los ojos a la condesa.

—¿Qué deseáis? —preguntó a Pitou y sus hombres, como si temiera que aquellos desconocidos trataran de llevarse el cadáver amado.

—Señora —contestó Pitou—, venimos a buscar el cuerpo del señor de Charny, para llevarle a la calle de Coq-Héron.

—¿Me juráis que es para eso? —preguntó Andrea.

Pitou extendió la mano sobre el cadáver con una dignidad de que se le hubiera creído incapaz.

—Os lo juro, señora —contestó.

—Entonces —replicó Andrea— os doy gracias, y pediré a Dios en mi última hora os libre a vos y a los vuestros de los dolores con que me agobia…

Los cuatro hombres recogieron el cadáver, le colocaron sobre sus fusiles, y Pitou, con sable desenvainado, se colocó a la cabeza del fúnebre cortejo.

Andrea iba al lado, llevando cogida la mano helada y ya rígida del conde.


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