La Condesa de Charny
La Condesa de Charny A la mañana siguiente, a las ocho en punto, Gilberto llamaba a la puerta de la casa de la calle de Coq-Héron.
Conforme a la súplica que se le había dirigido por conducto de Pitou, en nombre de Andrea, Gilberto, espantado, se había hecho referir los acontecimientos de la víspera con todos sus detalles.
Sobre ellos había reflexionado profundamente.
En fin, en el momento de salir por la mañana, había llamado a Pitou, para rogarle que fuese a buscar a Sebastián a la casa del abate Berardier, y lo llevase a la calle de Coq-Héron.
Llegado allí, esperaría en la puerta a que Gilberto saliese.
Sin duda alguna el viejo portero estaba ya prevenido de la visita del doctor, porque habiéndole reconocido, le introdujo inmediatamente en la salita que precedía a la alcoba de Andrea.
Esta esperaba vestida de luto.
Se conocía que no había dormido ni llorado desde la víspera, su rostro estaba pálido y secos los ojos.
Pero jamás sus facciones habían expresado una voluntad más decidida ni más tenaz; tan rígidas y contraídas estaban.
