La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Difícil hubiera sido adivinar qué resolución había tomado aquel corazón de diamante; pero fácil era ver que había tomado alguna.
Gilberto, el hábil observador, el médico filósofo, comprendió esto a la primera ojeada.
La saludó y esperó en silencio.
—Señor Gilberto —dijo Andrea—, os he rogado que vengáis…
—Y ya veis, señora —repuso Gilberto—, que he atendido exactamente a vuestra invitación.
—Os he enviado a llamar a vos y no a otro, porque deseaba que aquel a quien yo hiciese mi demanda no tuviera derecho para rehusar.
—Tenéis razón, señora; no tal vez en lo que vayáis a exigirme, sino en lo que decís; tenéis, en verdad, derecho a exigirlo todo de mí, hasta la misma vida.
Andrea sonrió con tristeza.
—Vuestra vida, caballero, es muy preciosa para la humanidad, y yo seré la primera en rogar a Dios que os la conserve larga y dichosa, muy lejos de acortárosla… Pero convenid en que mientras la vuestra está bajo una feliz influencia, la mía es una de las que parecen sometidas a un astro fatal.
Gilberto guardó silencio.