La Condesa de Charny
La Condesa de Charny »Consolábame la amistad de una reina.
»Un día la casualidad puso en nuestro carruaje un hombre gallardo, joven e intrépido, y la fatalidad quiso que yo, que a nadie había amado, le amase a él; pero aquel hombre amó a la reina.
»Yo debí ser confidente de su pasión; y creo, señor Gilberto, que habiendo vos amado sin ser correspondido, podéis comprender lo que digo, y cuánto hube de sufrir.
»Pero aún no era bastante; llegó cierto día en que la reina me dijo: “¡Andrea, sálvame la vida, más que la vida… el honor!”. Y fue preciso que, siendo yo extraña para él, fuese esposa del hombre a quien amaba hacía tres años. Fui su esposa al fin.
»Cinco años estuve junto a ese hombre, abrasada en mi interior, pero con aspecto helado, estatua, en fin, cuyo corazón ardía; y esto durante cinco años. Decidme, doctor, ¿podéis concebir cuánto debió padecer mi corazón?…
»Un día, por último, día de inefable delicia mi celo, mi fidelidad, mi silencio y mi abnegación, conmovieron a ese hombre. Al cabo de siete años que le amaba, sin darle motivo para sospechar jamás de mí, ni aun por una sola mirada, he aquí que él, muy conmovido, se me presentó, arrodillóse a mis pies y me dijo: “¡Todo lo sé, y os amo!”.