La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Ahora —continuó el doctor— decÃs a vuestro verdugo: «Me has dado una vida cruel, dame una muerte dulce». Derecho os asiste, señora, para hablar asÃ, y razón tenéis para añadir: «Harás lo que te digo, porque no puedes rehusarme nada de cuanto te pido».
—¿Entonces, doctor?…
—¿Me exigÃs aún el veneno, señora?
—SÃ, os suplico que me le deis, amigo mÃo.
—¿Tan pesada es para vos la vida, que no podéis sobrellevarla?
—La muerte es el mayor favor que puedan hacerme los hombres, y el mayor beneficio que Dios me pueda otorgar.
—Señora —repuso vivamente Gilberto—, dentro de diez minutos tendréis lo que deseáis.
Inclinóse el doctor y dio un paso hacia atrás.
Andrea le ofreció la mano.
—¡Ah! —dijo—, ¡en un sólo instante me hacéis mayor bien que mal me habéis hecho en toda vuestra vida! ¡Bendito seáis, doctor!
Gilberto salió.
En la puerta encontró a Sebastián y a Pitou, que le esperaban en un coche de alquiler.
—Sebastián —dijo sacando un frasco que llevaba colgado de la cadena de su reloj en el pecho, y que contenÃa un licor color de ópalo—. Sebastián, darás de parte mÃa este frasco a la condesa de Charny.