La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero hay momentos en que un hombre como Robespierre lo dice todo, y lo peor, así como hay otros en que el pueblo cree cuanto le dicen.
Era llegado el 31 de agosto.
El médico que hubiera tenido los dedos sobre el pulso de Francia aquel día, hubiera sentido que las pulsaciones aumentaban a cada minuto.
El 30, a las cinco de la tarde, la Asamblea, como hemos dicho, había destituido a la municipalidad, y el decreto prevenía que las secciones nombrasen nuevo consejo general en el plazo de veinticuatro horas; de modo que el 31, a las cinco de la tarde, el decreto se debía haber cumplido.
Pero las vociferaciones de Marat, las amenazas de Hebert y las calumnias de Robespierre, hacían que la municipalidad pesase de tal modo sobre París, que las secciones no se atrevieron a votar. Como pretexto de su abstención alegaron que no se les había notificado oficialmente el decreto.
El 31 de agosto, hacia el mediodía, la Asamblea tuvo noticia de que su decreto de la víspera no se ejecutaba ni se ejecutaría. Era necesario apelar a la fuerza, e ignorábase si esta última estaría en favor de la Asamblea.