La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Habló de los asuntos del momento en medio de los cirujanos que iban y venían pidiendo al farmacéutico vendas, ungüentos, hilas, cuanto necesitaban para curar a los heridos; porque entre los muertos, un grito, un gemido, una respiración anhelante, hacían descubrir de tiempo en tiempo un desgraciado que vivía aún, y que era inmediatamente separado de entre los cadáveres, curado y conducido al Hotel Dieu.
La confusión y el movimiento eran, pues, grandes en el laboratorio del digno farmacéutico; pero Maillard no era una visita molesta; además, siempre era recibido con benevolencia, en días como aquellos, un patriota del calibre de Maillard. El boticario, pues, hizo mil atenciones al exportero, que se sentó en un rincón y se encogió cuanto pudo plegando sus largas piernas.
Un cuarto de hora, poco más o menos después de su llegada, entró una mujer de treinta y siete a treinta y ocho años, que bajo la librea de la miseria más abyecta, conservaba cierto aspecto de antigua opulencia, cierto aire que revelaba su aristocracia nativa o al menos estudiada.
Lo que en ella chocó más a Maillard fue su grande semejanza con la reina; hasta tal punto, que hubiese mostrado su admiración con un grito si no hubiera tenido la fuerza suficiente para dominarse.