La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Aquella mujer llevaba de la mano un chico de ocho o nueve años. Se adelantó con cierta timidez, ocultando lo mejor que podía la miseria de su vestido, que hacía resaltar más el cuidado que, en medio de su escasez, tenía de su cara y de sus manos.

Imposible la fue, durante algún tiempo, hacerse oír en medio de aquella batahola, hasta que al fin, dirigiéndose al dueño del establecimiento, le dijo:

—Necesito un purgante para mi marido, que está enfermo.

—¿Cuál deseáis, ciudadana? —preguntó el boticario.

—El que os parezca, con tal que no cueste más de once sueldos.

La suma de once sueldos chocó a Maillard, pues era la misma que se había encontrado en el bolsillo del señor de Beausire.

—Y ¿por qué no ha de costar más de once sueldos? —preguntó el boticario.

—Porque es todo el dinero que mi marido ha podido darme.

—Dad a la ciudadana una mezcla de ruibarbo y de jalapa —dijo el boticario al dependiente mayor. Este se ocupó en preparar la medicina, mientras el dueño del establecimiento despachaba a otros parroquianos.


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